Esto de ser hombre de pocas palabras hace que las gaste casi todas en mi oficio, de modo que mi mujer y mis amigos tienen razones sobradas para enfadarse ante mis mutismos frecuentes.

En fin, estaba con mi infancia. La infancia de un niño pobre. En casa no se detenían los Reyes Magos y mis mayores tesoros eran billetes de tren usados que intercambiaba con los otros chavales. Me gustaba ver pasar cerca las humeantes locomotoras y desde entonces pienso que he frustrado mi vocación. Me hubiera gustado por encima de todo ser conductor de tren.


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El mayor soy yo