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El filósofo ya lo dijo: "No sólo hay que tener talento, sino permiso para tenerlo...". No sé si cuando lo pensó se quiso referir a España o no, pero ¡Vive Dios! que a nuestro país le va como anillo al dedo el dicho.
Uno, en su modestia, debe reconocer que ha recibido de la benevolencia de unos y otros, a lo largo de los años, la casi totalidad de los premios que en este país de nuestros amores y dolores que es España, tiene acceso un profesional de mi línea. Desde el Premio Ondas, al Premio Nacional de Televisión pasando por otros de menor entidad pero igualmente bien recibidos. También es cierto que la mayoría de estos galardones, algunos de ellos otorgados hasta por seis años consecutivos, como el famoso TP, se me concedieron en los primeros tiempos de mi caminar por el mundo de la televisión. Eran épocas que ya son historia cuando "Estudio Abierto" sorprendía en la Segunda Cadena de TVE por su sencillez y humildad, con gentes tan inalcanzables para el público español como los multicampeones mundiales de Fórmula 1 Juan Manuel Fangio y Emerson Fitipaldi los míticos campeones mundiales de Fórmula I, Jean Louis Trintignant, o Giulietta Masina,o cuando "Directísimo" sorprendía a la audiencia con Uri Geler, Solzenitshyn, o George Hamilton o Michael York.
Lo de Uri Geler alcanzó caracteres de apoteosis al hacer que cientos de miles de españoles doblaran cucharas en su propia casa solo con el poder de sus mentes y que más de un millón de relojes averiados recobraran la vida como por arte de magia. Las portadas de todos los periódicos se hicieron eco al día siguiente de la hazaña de Uri.
Pero aquello del talento y su permiso debía ser verdad, si no en su totalidad, a medias. Porque ¡qué vida esta, Dios! es como si el permiso de "talento" que se me había concedido hubiera expirado. Como si uno, en esta profesión que es como un escaparate público al que todo el mundo tiene acceso, tuviera que abandonar al cabo de dos, cuatro o seis años, simplemente porque sí, sin más.
En los últimos tiempos, las críticas, fueron duras, por lo general, con toda mi obra y mi persona. Unas veces justamente, pero otras muchas, las más, con total ausencia de criterio. Seguramente porque "vende" más atacar al más fuerte o más popular o de más éxito. Si es cierto lo que dicen quienes saben de ello, si a más crítica mayor éxito, debía estar entonces en mi punto culminante.
Pero el mismo filósofo, que debía saber mucho de críticas también, dejo después: "Lo que no me mata, me hace más fuerte...". Y, al parecer, me puedo aplicar el asunto.
España es un país que parece sentir especial predilección por crear ídolos para destruirlos después. Y si no, están claros ejemplos al alcance de todos: El Cordobés, Urtain, Palomo Linares, etc, etc... Es como si a uno le dieran permiso para el éxito por un plazo determinado pasado el cual las iras arremeterían contra uno destrozándolo y lanzándole al vacío del olvido.
Triste realidad, pero realidad al fin y al cabo. Y si no que se lo pregunten a Julio Iglesias, que vive en Indian Creek (Miami) desde hace años harto de que en Madrid rayaran su Mercedes. Allí no parece molestar a nadie su Rolls Royce blanco... O a Raphael, residente en Miami y México durante años, más o menos por las mismas razones. Y a tantos otros que se han ido sin decir adiós...
Aunque, a pesar de todo, los cantantes están en franca ventaja con los que trabajábamos en TVE. Junto a los críticos serios y honrados, profesionales y entendedores del medio, surgieron en los últimos tiempos una serie de francotiradores agrios, cáusticos, terribles que arremeten contra todo lo que aparece o puede aparecer por la pantalla pequeña con una furia difícilmente explicable. Todo es malo, todo tiene doble intención, y por supuesto a ellos se les hubiera ocurrido otra manera mucho más inteligente de hacerlo...
Este tipo de francotiradores es el que hacía que trabajar en TVE fuera un ejercicio complicado. Aunque el espectador está dejando poco a poco de atender las críticas e iras de este tipo de escritores. Lo que está claro es que hay una notable disociación entre lo que se escribe en los periódicos sobre TVE y lo que opina el espectador, tomado como conjunto en mayoría. Ni TVE es tan mala como se empeñan en hacernos creer quienes escriben sobre su programación, ni tan buena como seguramente pensamos quienes hemos estado dentro. Una cosa al menos, debe quedar clara. Buena o mala, ninguno de fuera hubiera podido hacerla mejor. Y posiblemente pocos profesionales de televisión del mundo habrían alcanzado las cotas de calidad que se alcanzaban en TVE, trabajando en las condiciones que se ofrecían allí.
Quien dijo que lo difícil no era llegar sino permanecer, tenía gran razón. Es difícil aguantar con serenidad las iras de quienes han hecho de la lucha contra todo lo que aparece en televisión su verdadera profesión. Es necesario tener un gran aguante para no caer en la tentación con desistir en la obra emprendida, o cometer la torpeza de contestar y replicar a todas las arbitrariedades que se publican. Si quienes trabajamos en televisión nos dedicáramos a contestar diariamente a cuantas falsedades o imprecisiones se escriben contra nosotros, no tendríamos tiempo para dedicarlo a nuestra verdadera profesión que es otra.
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