Las dos cargas más pesadas de soportar de todo profesional de televisión que haya alcanzado cierta notoriedad, son seguramente, la crítica y la popularidad.

A la primera, necesaria cuando es seria y consciente, y totalmente inútil cuando no se ajusta a la seriedad que encierra la propia palabra, hay que acostumbrarse aunque cueste. A la segunda, la popularidad, hay que soportarla y eso cuesta más. Mucho más. Carecer de vida privada, no tener un momento de intimidad, ser observado constantemente, ser estudiado sin cesar, conocido y reconocido>, es algo para no deseárselo al peor enemigo del mundo. Me llegaban cientos de cartas diarias, algunas de las partes más remotas del mundo, y muchas sin dirección, o sólo con parte de ella, o sólo con mi nombre o apellido. Incluso algunas, sólo con mi silueta dibujada en el sobre, sin más datos.

En un principio, quizás por natural vanidad, hasta en cierto modo es posible sentir cierto halago al ser reconocido. Después, ser popular es una verdadera tortura, un mal del infierno. Se acabó la tranquilidad, para uno y su familia. Se acabó el pasear por las calles tranquilamente, despreocupado, disfrutando de una mañana de sol. Imposible. La popularidad le convierte a uno, en un ser escurridizo, asustado y hasta temeroso. Especialmente cuando se da en un ser absolutamente tímido como yo. Crítica de los que no son críticos, popularidad y trabajo diario de quince horas sin parar, ¡menudo cóctel! para andar por la vida. Pues así, mi querido amigo que me lees, es nuestra vida, o al menos lo era. Y como decía aquel, o lo tomas o lo dejas, porque la cosa es como es y no de otra manera...

La continua aparición en las portadas de las revistas tanto en España (Diez Minutos, TP, Tele 7, Super Tele, Antena, TODO, El Semanal, Sal y Pimienta, Teleindiscreta, ABC, etc.) como en América (Estrellitas, TeveGuía y otras) contribuía a complicar las cosas... Hasta en las Fallas de Valencia se acordaron en más de una ocasión de mi.


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Carta con Silueta