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Los personajes a entrevistar vienen siempre con prisa. Nada más llegar a Prado del Rey, el servicio de azafatas de cada programa los traslada a la sala de maquillaje. El maquillaje, contra lo que muchos puedan creer, es absolutamente necesario antes de aparecer en cámara, y no tiene nada que ver con un determinado interés en parecer más bello o más bella, sino de aparecer con el tono y color adecuados al medio. Por eso, sea quien sea, antes de nada, a maquillaje. Y a veces hasta hay quien se resiste pensando, seguramente, que eso es "cosa de mujeres..." cuan equivocados están...
Los invitados a cada programa llegan nerviosos. Y muchos hasta tarde. Por eso en muchas ocasiones nos encontramos por primera vez cuando está a punto de encenderse el piloto rojo que anuncia que vamos a salir en la pantalla. Imposible conocer a ninguna persona a través de una entrevista de cinco o diez minutos, y ese es todo el tiempo de contacto de que se dispone, por lo general, para cada entrevistado.
Previamente alguien del equipo ya habrá hablado con él o con ella, y habrá tratado de sacar sus puntos de interés. Una vez cerrado el tema, este colaborador me indica las preguntas clave y los temas de mayor interés para ir directos al grano. El tiempo es vital en televisión. Y no perderlo es la primera de todas las normas.
Cualquiera podría pensar que yo debo conocer a miles y miles de populares y famosos, de importantes y desconocidos de todas las ramas del saber, de las artes y las letras. Y qué equivocados están. En esos pocos minutos de contacto, apenas si tenemos tiempo de intercambiar unos saludos y las instrucciones previas a la aparición en pantalla. Cómo me hubiera gustado pasar toda una tarde charlando con Sean Connery, el mítico James Bond, por ejemplo, en lugar de tan solo unos minutos, o con Neil Armstrong, el astronauta que puso primero el pie en la luna, aunque con éste sí que compartí mesa y mantel a solas degustando unos magníficos callos a la madrileña que le encantaron.
De cada uno de los personajes entrevistados tan sólo queda lo superficial, la impresión a primera vista y poco más. Pasan como alma que lleva el diablo y casi nunca dejan más rastro que un gesto, una palabra amable, o todo lo contrario. Es el sistema que hace que sea así y no de otra manera. A veces a uno le duele pasar por tantas vidas sin la posibilidad de obtener de ellas nada más que el recuerdo de lo superficial. Pero es así y no puede ser de otra forma.
Sin embargo, entre todas aquellas personas que pasaron por nuestros programas, quizás las más entrañables fueran Anthony Quinn, todo humanidad, con su voz profunda hablando en un español con acento de Jalisco; o Henry Charrière, el célebre Papillon, que llegó a nuestros estudios pocos días antes de su muerte. Venía ya doliéndose de "algo en la garganta" razón por la cual nos pedía constantemente té bien fuerte con algo de coñac. Apenas si podía hacerse oír. La Prensa comunicaba antes de transcurrida una semana de aquella memorable entrevista que había muerto de cáncer de garganta. Otro de los que llegaron y dejaron huella fue Charlton Heston gigantesco, sonriente, intentando hablar en un español aprendido por cualquier parte del mundo. Venía como embajador de determinada marca de raquetas de tenis, deporte del que él es un auténtico profesional.
Otros muchos pasaron y dejaron huella, como Rita Hayworth, el Premio Nóbel ruso Solzenitshin, el "malo" de las películas de James Bond, el compositor Sorozábal o el maestro Rodrigo, pero no por el tiempo ni la oportunidad que tuvimos de entrar en sus vidas, sino por la sensación de que detrás de aquellas fachadas populares e importantes había, debía haber, algo más.
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