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También a mi padre le hubiera gustado que fuera conductor de tren, o metalúrgico de la Ría, o pescador de angulas... Le hubiera gustado que me pusiera inmediatamente a trabajar. Gustarle no era la palabra justa. Necesitaba que yo trabajase, porque entre tanto había venido al mundo mi otro hermano, Paco, un hombre con toda la barba y con una hija preciosa que se llama Ainhoa y que está trabajando en Hong Kong como si tal cosa.
Así las cosas, empecé a darme prisa. Yo soy un hombre que siempre tengo prisa, maldita sea, y el vicio debe venirme desde entonces. Ando corriendo de un sitio a otro, cuatro citas en una hora, ocho tazas de café en veinte minutos, diez trabajos al día...Después de pasar por la Escuela Nacional, entré a los once años en el colegio de los claretianos Corazón de María. Aunque parezca mentira, me hice en un solo año todo el Bachiller Elemental, con reválida y todo.
No porque fuera un niño prodigio, sino porque estudiaba día y noche, laborables y festivos. Por desgracia es el único título que tengo. Título que ahora han devaluado mucho y llaman Graduado Escolar. Por entonces, un bachiller elemental, sobre todo de familia pobre, era todo un señor. Encontraba trabajo sin que te pidieran más requisitos.
Buscando desesperadamente un porvenir inmediato, me olvidé que podía haber aprendido a jugar al fútbol, a conducir yates, a tocar el clarinete, a bailar ballet, a practicar judo... Ni un deporte ni nada que se pareciera. Pasaba horas leyendo libros de toda especie, hojas de periódicos, revistas. Lo mismo un tratado de química orgánica que la vida de Santa Lucía, lo mismo una entrevista con Jorge Negrete que los horarios de los barcos del puerto...
Hasta que tropecé con un método de inglés.
Se trataba sólo de una jerga americana, no de verdadero inglés., pero me lo aprendí y salí a la calle dispuesto a encontrar empleo como traductor o intérprete. A los doce años me metía entre los turistas para practicar el idioma y señalarles por donde se iba de un sitio a otro. Caían algunas propinas, pocas. Recuerdo ahora que un día me encontré en la calle con un grupo de deportistas egipcios, que además resultaron ser militares del Alto Estado Mayor. Me contraté informalmente como guía. A los dos meses recibía una carta del mismísimo Gamal Abdel Nasser, agradeciendo el detalle e invitándome a visitar Egipto. Lo que hice, encantado.
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