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Aquel día yo no debí haberme levantado de la cama. Hubiera sido mejor, seguramente. Porque aquel día, por casualidad, me tropecé en plena calle con D. Ernesto Garrido, Presidente de Unicef-España y, como siempre, me habló de los niños pobres, necesitados... Es decir, la misma historia de siempre, con la misma carga de cariño de siempre sobre el tema de siempre que a veces preferimos olvidar. “Necesitamos hacer algo para recaudar fondos para los niños...” me dijo. Y yo, ni corto ni perezoso, le dije: “¿Por qué no organizamos un festival de circo, al estilo de los que hacen por ahí, con figuras populares del cine y la tele haciendo de artistas de circo...?”
Quien me mandaría a mí meterme donde no me llamaban... Para hacer el cuento corto, les diré que a los veinte días me hallaba ya, vestido de domador, con mi látigo y mi barra de hierro con garfio, enfrentado a tres monumentales elefantes del Circo Ruso de Ángel Cristo. En el reparto de oficios del circo para el Festival de Unicef, a mí me habían correspondido en suerte a Susie, Francis y Sophie, tres gigantescas elefantas a quien yo no debí hacerles ni pizca de gracia. Sobre todo a Sophie, la más pequeña de las tres -tres mil quinientos kilogramos de peso- que el primer día me arreó un golpe con su trompa lanzándome a la grada del circo, a modo de saludo. Pensé que era el final de mi carrera y de mi vida.
Morir a manos de, o mejor dicho, a patas de un elefante...
Claro que otros no andaban mejor. Miguel de la Quadra Salcedo “sacó” en suerte un tigre y un león descomunales con los que tenía que encerrarse en una jaula y hacerles mil ejercicios sobre dos caballos. Increíble, pero cierto. Allí estaba como un aguerrido lancero bengalí el reportero más famoso de TVE metido a domador. Y Sara Lezana con su danza de los siete velos con serpientes y todo. Y Micky y Bigote Arrocet arriba en el trapecio. Fue un gran festival. Se recaudó más de un millón de pesetas en un par de horas.
Se repitió la operación en Valencia con igual éxito. Pero ¡ay! eso fue, para nosotros, lo malo. Porque Ángel Cristo, empresario del Circo Ruso, que ya se había dado cuenta de que el circo y su mundo había prendido en Miguel y en mi, nos ofreció hacer una gira por toda España con ellos. Lo pensamos, y aceptamos. Haríamos la gira y así, Miguel de la Quadra Salcedo y yo, escribiríamos un libro con nuestras experiencias bajo la carpa gigante del circo.
Burgos, Sevilla, Cáceres, Zaragoza y así una tras otra casi todas las capitales de España. Cientos de fotografías y miles de datos para ese libro que se llamará “Más difícil todavía”. Allí aparecerán las anécdotas de un mundo nuevo para nosotros. Allí quedará escrito con todo detalle el incidente, ocurrido en Valencia, durante las Navidades del 77/78 en plena actuación del reportero de TVE, cuando mientras estaba tratando de situar al león Fermín en su sitio, la tigresa destrozaba a zarpazos a uno de los caballos. En cuestión de segundos, el tigre, el león y los dos caballos locos de miedo, trataban de huir de la jaula, despavoridos persiguiendo una salida que no existía. Y en medio de toda la barahúnda, Miguel sin saber qué hacer. “Aquello, diría más tarde, no me habían explicado que podía pasar...”. La verdad es que el incidente pudo costarle la vida a Miguel , pero la cosa acabó en un puro susto, sin más...
La vida del circo es dura. Durísima. En invierno, lluvia, frío, barro... y en verano, polvo y un calor insoportable, increíble. El circo es un mundo diferente. Es un mundo dentro de ese mundo que constituye cada pueblo o ciudad. Las gentes del circo no se mezclan con nadie, son independientes. Han hecho de su carromato, de su roulotte, su mundo particular, aislado del resto del universo. Prescinden, por lo general, del mundo exterior, de sus noticias y sus problemas, viven en otra galaxia. Muchas veces pensé que vivir en un circo era la manera más segura de huir de todo y de todos. Sin dirección postal, sin teléfono, sin itinerario fijo, sin rastro y sin norte...
El circo es triste y alegre a la vez. Los momentos en que el artista se encuentra en la pista son la energía que mueve el motor humano el resto del día. Todo es soportable, todo el sufrible, a cambio de las luces y el aplauso, a cambio de sentirte protagonista por unos momentos de todo el espectáculo. La pista del circo es como una droga, emborracha, te atrae, no te puedes escapar de su hechizo. Los sufrimientos y penalidades se olvidan cuando el jefe de pista anuncia tu actuación: “A continuación, procedente del Circo Knie de Suiza...”.
En Sevilla, Miguel y yo, tras el pasar con éxito el examen correspondiente ante un tribunal de sindicalistas de pro, recibimos el carné del Sindicato de Profesionales del Espectáculo que nos acreditaba oficialmente como “Domadores”. Fue un momento emocionante de verdad. Guardamos con cariño el verde carné que nos acredita como tales y a veces cuando nos encontramos, recordamos nuestro periplo circense. Algún día volveremos.
El circo ha sido una aventura subyugante que me he prometido volver a intentar. El más difícil todavía es verdad. En el circo siempre se aspira a más, siempre se quiere y se puede más. Es la ley de la carpa y quien no acepta la ley no sirve.
Reflejos, valor, serenidad, estudio, eso es el circo. Así es el circo. De no ser un auténtico número uno, pocos artistas de circo seguirían vivos. En el circo no hay lugar para perezosos ni descuidados. Hay que estar siempre vigilante, atento. De no ser así Miguel podría haber sido destrozado por los cinco leones con los que trabajaba aquella noche cuando en pleno acto se apagó la luz del recinto por una avería quedando encerrado en la jaula con todos los bichos excitados y asustados o cuando yo di un paso en falso, caminando hacia atrás, quedando a merced, durante unos segundos, de Francis, la mayor de las elefantes, de cinco mil kilos de peso, que se acercaba con la intención de aplastarme con una de sus patas...
“Menudo entrenamiento, para volver ahora a TVE...”. Me dijo una vez Miguel de la Quadra. A lo mejor tenía razón...
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