Entré de chico de los recados en una oficina de Bilbao dedicada a los suministros eléctricos. Me pagaban 525 pesetas al mes, cosa que no estaba nada mal. Mientras mis compañeros de colegio se hacían ingenieros, abogados, yo pegaba sellos a las cartas, traía café para los jefes y recogía las papeleras de la oficina. Un escribiente me miraba sonriente todas las mañanas y con cierta sorna me decía:

- Muchacho, ánimo que tienes un futuro prometedor.

Tal futuro no estaba en aquella oficina, desde luego. De modo que seguí con el inglés y conseguí empezar a dar clases en varias academias de esas de "Mecanografía-Idiomas-Cultura General". Lo hacía por la tarde, a la salida de la oficina. Se cobraba a tanto la hora-alumno y era un sueldo respetable. Mi padre empezaba a estar contento.

Claro que yo era el tipo más osado del mundo. Un día, lo recuerdo bien, me dijo uno de los directores de la academia que necesitaba un profesor de francés para unas cuantas chavalas. Yo no sabía una palabra de francés, pero acepté el puesto. De cinco a seis iba a otra academia, me aprendía la lección, y de seis a siete la repetía ante mis alumnas. Así un día y otro. Los incidentes que esta situación planteaba no eran muy graves. Un día una chica me dijo que no comprendía bien la letra de una canción de Johnny Halliday. Que quería que se la tradujese.

- Ese no es el modo de aprender un idioma – comenté yo- hay que seguir el método paso a paso. El método es el método.

Para aprovechar los minutos que me quedaban al día, traduje varios tomos de cirugía y metalurgia, del inglés. Por ahí andarán. Eran chapuzas, lo reconozco, pero había meses (y hablo de fines de la década de los cincuenta) que llegaba a cobrar más de veinte mil pesetas. Me estaba haciendo "rico" como el que no quiere la cosa.

Tuve otra excelente oportunidad en mi carrera de profesor, que felizmente se truncó. Leí que el Ayuntamiento de Bilbao quería enseñar idiomas a los guardias urbanos para que atendiesen debidamente a los turistas y, por supuesto, me presenté voluntario. Estaba a punto de convertirme en funcionario municipal. Sin embargo, el proyecto se vino abajo. Era ya un hombrecito y mandé una carta a Radio Bilbao ofreciéndome como locutor de inglés para emisiones especiales. Como no tenían otro más a mano, me aceptaron. Colaboré en un programa llamado "Aquí Bilbao" que dirigía el políglota danés Pío Lindegaard que se emitía en siete idiomas, en el que además de hablar en inglés, conseguí unos rudimentos de técnica de voz.


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