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"Diablos", me dije a mí mismo. ¿En qué parte puede conseguirse prestigio para ofrecerlo a Radio Madrid? ¿ Qué línea de tu currículo puede convencer al mundo de que eres un tipo bueno en este oficio? Ya está. La BBC de Londres, la famosa « bibisí ».
A nadie se le suele ocurrir de buenas a primeras ingresar en la BBC de Londres para que le den un empleo en Radio Madrid. Y si embargo era una idea genial. El mundo está empedrado con ideas de este tipo, no vaya usted a creer. Si la Radio Bilbao o Radio Popular de Bilbao no causaban desmayos en Madrid, presentarme como locutor de una emisora de Londres era de un efecto fulminante. Así pensaba yo.
De modo que vendí el coche, compré una maleta nueva y me largué a Londres. Si alguien me hubiera visto por la calle, me hubiera preguntado mis proyectos y los hubiese escuchado, se habría partido de risa. ¿Con que vas a la BBC, no es eso? Oye, ¿y por qué no te acercas a Moscú a ver si te nombran Zar de todas las Rusias?
Estoy hablando del año sesenta y cinco. Aparte de mi amigo Jesús Torbado, el magnífico y premiadísimo escritor, que había ido a París dos años antes y había escrito un libro estupendo, a nadie se le ocurría asomarse al exterior para labrarse el porvenir o para respirar aires diferentes. Las gentes de mi generación hemos tenido una educación de posguerra, ya lo he dicho. Una educación difícil, dura, sin concesiones. Y una de las normas de esa educación advertía que era peligroso asomarse al exterior.
En esto de generaciones, asunto del que siempre se ha hablado tanto, se rompieron pocas lanzas a favor de la nuestra. Dicen la generación del bocadillo, la generación del silencio. Pero nosotros ¿qué? Con nuestra hambre nos lo comiéramos. Y eso que no teníamos culpa de nada. Y lo que es peor, tampoco teníamos idea de nada.
Digo lo del hambre porque es lo que a mí me ocurrió en Londres. Me tiré los cuatro primeros meses viviendo del coche y otros ahorrillos en una habitación mísera. Luego las reservas se me acabaron y continué viviendo en el mismo sitio, en Earl's Court, el llamado "Valle de los canguros" por la cantidad de australianos que allí vivían y quizá porque otros como yo vivíamos a salto de mata. Calculando mi primera estancia en Londres en quinientos días, debí comer unas ochocientas tortillas de patatas. Otros manjares, ni soñarlos, claro.
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