|
Pero el problema seguía en pie. Había jurado permanecer en Londres hasta que Fontán me llamase. ¿Y cómo iba a llamarme si no escuchaba mi voz? Entrar en la BBC era una misión imposible. Así que mientras buscaba mi ocasión imposible, continúe estando al tanto de los discos, leyendo todas las semanas el "New Musical Express" y el "Melody Maker", arrimándome a los hispánicos que llegaban por allí a cantar. Recuerdo con emoción a Joaquín Merino (y su flamante tarjeta VISA) manager internacional de Zafiro, la compañía de discos de Los Brincos y luego de Juan y Junior, que me invitaba a opíparas comidas cada vez que llegaba, y que me hacían olvidar siquiera por unos días mis diarias tortillas de patata. Luego mencionaría Joaquín mis penurias y hambrunas en su magnífico "Londres para turistas pobres" al que seguiría posteriormente "Londres para turistas ricos".
Intentando encontrar un huequecito en la BBC me encontré que un gitano estaba actuando en un teatro de Londres, nada menos que el London Palladium. Era una noticia sensacional e insólita. Me raspé los bolsillos con las uñas, compré una entrada y fui a verlo. Se llamaba Pedro Calaf, pero se hacía llamar Peret. Por supuesto, ni él ni sus compañeros palmeros sabían una palabra de inglés. Aproveché la coyuntura para servirles de guía fiel e introducirles en los antros londinenses que yo había empezado a conocer. Incluso les hice ir a los sitios en que las primeras gogós de la historia mostraban sus muslos sin vergüenza.
Me lo agradecieron mucho. Querían pagarme. Me negué. Aquello venía a ser una cuestión de patriotismo. ¿Cómo pagarme el favor entonces ?
- Mira, te vamos a presentar a Derek Witts, el director internacional de CBS aquí, él te ayudará en todo lo que necesites para entrar en la BBC, ya verás...
Y lo hicieron. Fue un favor tan grande que se lo recuerdo al bueno de Peret siempre que nos topamos en el oficio. A pocas personas debo tanto. Así conseguir ser admitido en aquellos estudios que la BBC posee al principio de Regent Street, desde donde con voz temblorosa, un día, precisamente el día que conocí personalmente a Sandie Shaw, la que cantaba descalza "Marionetas en la cuerda" y a Tom Jones, comencé mi trabajo diciendo aquello de...
- Desde los estudios de la BBC (léase aproximadamente "bibisí") de Londres, en Regent Street os habla José María Iñigo...
Para celebrar el éxito, y siguiendo la moda impuesta por John Lennon, un día, estando precisamente en Abbey Road cerca de los famosos estudios donde grababan Los Beatles decidí dejarme crecer el bigote y arrojé mi cotidiana tortilla a la basura. Sólo me pagaban quince mil pesetas al mes, una auténtica miseria en Londres, y desde luego mucho menos de lo que yo ganaba en Bilbao, pero me había convertido en el "disk-jockey" que hablaba desde Londres y en ocasiones desde Nueva York. Un día me largué al bosque Sherwood para gritar en el más puro estilo Robin Hood mi alegría. Estaba esperando, en el fondo, que me escucharan desde Madrid. Iban a ver de lo que yo era capaz.
Compré ropas estrafalarias, arrojé las corbatas por la ventana, me coloqué un "foulard" alrededor del cuello, dejé crecer el pelo por todas partes. ¿Voto a bríos qué aspecto tenía yo entonces! Era un "pop", un "yeyé", un "in", un subproducto de Mary Quant. Podía dar un susto al miedo. No en Londres, ciertamente. Cuando me presentase en Madrid iba a armarla gorda. Me lo prometía y me preparaba.
Porque, desde luego, me sobraba tiempo para pensar. Para pensar en serio. Habitualmente andaba solo, estaba solo. Veía películas, leía libros, presenciaba todos los espectáculos que se ponían a tiro. Incluso decidí ligar con alguna chavala, por aquello de mejorar el idioma, no por otra cosa. Bueno, realmente, con varias. Estaría bueno. Casi siempre con "British", no inglesas. Es decir, con chicas de Zambia, Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica...Y pensé en mí, en lo que yo quería y cómo conseguirlo. Los caminos estaban claros. Un porvenir de oficinista ilustrado, parloteando inglés, o el riesgo de un oficio, que todavía hoy, no sé adonde me hubiera llevado. Aborrecía los horarios y me divertía la diversión. La acción. (No la canción, aunque viviese de ella). Quería ser lo que hoy soy. Sin problemas económicos. Sin rigidez de horarios. Libre. Obrar a mi gusto. No estar debajo de nadie.
En fin, quería lo que todos quieren a los veintitrés años. Lo curioso es que empezaba a entrever los medios para conseguirlo. Los medios de comunicación eran muchos, amplios, brillantes y ricos. ¿Quién iba a impedirme trabajar en cualquiera de ellos ? Digo cualquiera: prensa, radio, televisión, música..
Tenía tanto tiempo para pensar, que pensé. Se debe reconocer que eso no ocurre con demasiada frecuencia. Me habían nombrado ya Zar de todas las Rusias, ahora sólo faltaba ponerme en marcha. Año y medio de haber llegado a Londres, dispuesto a todo, volví Madrid. Ojo, volvía atendiendo la llamada de Fontán, no ya como el chico de Bilbao, sino como "el de Londres". Eso era otra cosa.
Y desde entonces guardo un cariño indeleble a esta ciudad en que las pasé canutas. Ahora, viaje adonde viaje, ya sea Estados Unidos o India, México o Argentina, al final, siempre indefectiblemente acabo regresando por Londres. Lo reconozco, allí me siento un poco como en mi casa.
Volver - Siguiente: Terror de los cantantes, ídolo de oyentes
|










|