Estaba solo, decía. Al menos al principio. Vivía en un apartamento nada lujoso, cerca de la Gran Vía, y no hice amistad con los músicos y cantantes gracias a los cuales vivía y a los que tan duramente solía criticar. Ya entonces – todavía ahora lo soy – era un hombre hermético, cerrado en mí mismo, solitario. Se me reconocía por la calle, me pedían autógrafos, pero todo eso era – y es – una parte de mi trabajo.

Tenía un aspecto llamativo. Mis bigotes eran inconfundibles en el mundillo de la música y mi pelambrera me creaba problemas incluso con los guardias de tráfico. Eran los años felices en los que todo me sonreía. En mi maleta, nunca deshecha del todo, guardaba medio centenar de "foulards" de todos los colores imaginarios. Tenía más pañuelos entonces que corbatas ahora. En Madrid era rarísimo encontrarse a alguien con el aspecto que lucía yo por entonces, larga cabellera, botas, pañuelo al cuello, camisa de largos cuellos, abrigo de militar británico, bigotes enormes muy por debajo del mentón... ¿Cómo no me iban a parar por la calle con aquel aspecto ? Por otro lado, vivía de noche. Era muy raro que me fuese a la cama antes de las cinco de la madrugada (¡Y pensar que ahora me encierro en casa con mi familia a las ocho de la tarde!). Lo hacía en parte porque me gustaba y en parte porque resultaba deprimente encerrarse en la habitación alquilada, ni nadie con quien hablar ni nada que hacer.

Por supuesto conocía como nadie el Madrid nocturno del ambiente musical. Quizás ni los mismos camareros han pasado tantas horas como yo en aquellas rutilantes discotecas de la Gran Vía, como JJ, por ejemplo. Y sentado en la escalera, casi siempre en la escalera.

Era una estampa insólita. Lo era incluso para mí mismo. Un tipo melenudo, vestido de colorines, sentado imperturbable durante horas en una escalera y bebiendo leche o naranjada. Nunca alcohol, nada de whiskies, cervezas, combinados y cócteles. Tampoco fumaba. Ni entonces, ni ahora.

¿Qué diablos andaba yo haciendo allí? ¿Contemplar, mirar, escuchar. ¿Por qué en la escalera ? A finales de los sesenta – e imagino que ahora también – la gente del mundillo no solía pagar por entrar en las discotecas. Hasta las consumiciones era gratis. Pero yo, que quería conservar por encima de todo mi independencia, pagaba todos los días. Entonces, dado que la sala estaba siempre abarrotada, los camareros echaban de las mesas a los que solían beber de gorra y me hacían sentar a mí. Como estaba solo y era conocido, muy pronto empezaban a llegar cantantes, músicos y las primeras "fans" para hacerme compañía.

Aquello NO me divertía nada, de manera que opté por sentarme siempre en la escalera. De ese modo, nadie se me acercaba.


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